Una exposición que se inaugura a las seis de la tarde parece haber estado siempre ahí. Un documental de siete minutos se ve en siete minutos. Una jornada de conferencias ocupa un sábado. Pero lo que el público ve en cuatro días tomó, en realidad, cerca de dos meses, y casi todo ocurrió por escrito, por WhatsApp y con las manos.
El guion del documental empezó a finales de junio con una petición sencilla: si se podía apoyar en escribir un video. Lo que llegó después no fue una idea vaga, sino un documento de trabajo —«INFO PARA GUIÓN VIDEO DOCUMENTAL DE 7 MIN»— con las problemáticas, lo que se estaba haciendo y lo que se propone, y una sola condición: «siéntete en confianza de modificarlo mientras no cambie el sentido».
El primer borrador regresó a los pocos días. Y entonces empezó la parte que de verdad cuesta: la corrección de los datos. La reserva no era de cualquier tamaño, eran 39 hectáreas decretadas en mayo de 1992. No eran «más de tres décadas» sin Programa de Manejo, eran 34 años exactos. La afluencia no había crecido el doscientos por ciento sino el cien. Cada una de esas correcciones vino de quien conoce el cerro caminándolo, y cada una se respetó tal cual.
Me parece muy bueno, solo el final tal vez darle fuerza con el tema de la zona arqueológica que no pudieron seguir ocultando.
— La nota que cambió el cierre del documental
Ese final llegó en la revisión de julio, y es el que quedó: las lajas rescatadas, la Estela de Coatepec, la idea de que cuidar el territorio es cuidar el alma colectiva. Nadie lo escribió solo. El guion final es una convergencia —los hechos y los datos de quien lleva años en esto, la forma de quien los ordenó— y por eso los créditos del documental separan «idea original» de «guion». Son dos trabajos distintos y ambos existieron.
Después el guion dejó de ser texto. Carolina Erives y Erick D. Aguilera Ayala lo montaron; la cámara fue de Carolina, Xanath Becerra y Leticia Arriaga; el dron, de Andrés Díaz Cervantes. Ahí aparecieron cosas que ninguna palabra habría conseguido: la Gaceta Oficial de 1992 fotografiada página por página, el plano cartográfico de la Facultad de Ciencias Agrícolas con la poligonal medida, la cerca de alambre de púas atravesando el andador. Documentos, no ilustraciones.
En paralelo, y sin que nadie lo pidiera, llegó por WhatsApp un PDF de 168 páginas: la Gaceta Oficial del 24 de julio con el Plan Municipal de Desarrollo de Coatepec 2026-2029. Se leyó completo. El resultado cupo en dos cuartillas y era incómodo de tan simple: el Cerro de las Culebras aparece una sola vez, en una lista de paseos turísticos. Ni una mención del Programa de Manejo. Ni una de la zona arqueológica. Esa ficha llegó al Foro tres días antes de que empezara.
El sitio donde está leyendo esto se fue armando al mismo ritmo, siempre a partir de lo que alguien mandaba. Una nota de prensa llegaba por mensaje y esa tarde ya estaba en la hemeroteca. Un cartel llegaba y se montaba con su programa completo. Cuando la página empezó a mostrar solo la próxima actividad, un cartel de observación de aves quedó invisible detrás del Foro: hubo que rehacer la portada para que las demás fechas también se vieran. Y cuando llegó la petición para frenar las obras en Campo Viejo y San Lucas, se preguntó primero y se publicó después, con su botón para firmar.
Nada de eso se decidió en una reunión. Se decidió en mensajes cortos, casi siempre con una sola pregunta: ¿le parece si lo subo?
El mural que la gente vio colgado el jueves tampoco apareció solo. Se pintó a varias manos, con paletas repartidas y el lienzo todavía en blanco por partes: primero los volcanes al fondo, después el damero de calles, y al final la mancha verde del cerro con su serpiente.
Y al final, el jueves 30, todo el trabajo digital se volvió otra vez físico. Las fotografías del bosque de niebla llegaron impresas y montadas en marialuisa blanca —libélulas, damiselas, hojas fotografiadas a centímetros— y se quedaron un rato apoyadas contra la pared, sobre el mosaico rojo, junto a un martillo. Alguien midió, alguien marcó, alguien sostuvo mientras otro clavaba. La exposición que abrió a las seis de la tarde llevaba menos de un día colgada.
Se cuenta esto por una razón concreta. En el Foro se dijo que el recurso que ha mantenido vivo el proyecto todos estos años ha sido el tiempo y el trabajo voluntario de los vecinos. Dicho así suena a fórmula. Visto de cerca, el tiempo y el trabajo voluntario son exactamente esto: leer 168 páginas de una gaceta para encontrar una sola mención, corregir tres veces una cifra hasta que quede bien, subir un cartel el mismo día que llega, y pasar una tarde con un martillo antes de que llegue la gente.
Ninguna de esas horas aparece en el programa. Todas están en la pared.