Antes de empezar, una aclaración que importa: esto lo firmo yo. Soy voluntario del Cerro de las Culebras, no directivo de Ruta de la Niebla A.C., y lo que sigue son mis opiniones como ciudadano, no la postura oficial de la asociación. Los datos duros sí están verificados y digo de dónde sale cada uno; las conclusiones son mías y se me pueden discutir.
La idea del cinturón verde no es mía. Es de Leticia Rodríguez, directora general de la asociación, y la lleva proponiendo desde hace tiempo con un nombre propio: Circuito Arbolado Coatepec. Lo describió como «una iniciativa ciudadana de amortiguamiento contra el calentamiento global», y lo primero que hizo fue lo más difícil: dibujarlo. Mi trabajo fue mucho más modesto: pasar su lámina a un mapa medible y después medirlo.
Al trazarlo calle por calle sobre el terreno real, salieron tres cosas que en la lámina no se podían ver. La primera: el circuito mide 12.2 kilómetros y cierra sobre sí mismo. No es un sendero que va y viene, es un anillo. La segunda: el centro histórico de Coatepec queda dentro de ese anillo, o sea que efectivamente rodea la ciudad. Y la tercera: el anillo atraviesa el Parque Estatal Cerro de las Culebras por el andador de Justo Sierra. El área natural protegida no está al lado del circuito, está adentro.
Después vino la pregunta incómoda, que es la que hace que este texto exista. ¿Cuánta de esa superficie está protegida hoy? El anillo encierra 323.7 hectáreas. De ésas, sólo 26.3 tienen una figura legal que las ampare, y son precisamente el pedazo del Cerro que cae dentro. Las otras 297.4 hectáreas, el 91.9 % del total, no tienen ninguna.
El 91.9 % de la superficie que el anillo encierra no tiene ninguna figura legal de protección. Lo único protegido es el Cerro, y el Cerro es el 8 %.
Dentro del anillo hay doce áreas verdes mapeadas, entre parques y canchas, y ninguna llega a 0.7 hectáreas. En todo el municipio hay 42 áreas privadas de conservación registradas ante el estado, algunas magníficas, pero ni una sola cae dentro del anillo. La más cercana queda a 591 metros y su registro ya no está vigente. Dicho de otro modo: el arbolado urbano de Coatepec, el que da sombra, baja la temperatura y sostiene a los colibríes que salen en nuestra lotería, es casi todo terreno sin figura jurídica. Existe mientras a nadie se le ocurra otra cosa.
Cuando Leticia propuso esto, señaló un precedente: lo que hizo Xalapa hace unos años. Fui a buscarlo y el hallazgo cambió la conversación. La figura se llama Archipiélago de Bosques y Selvas de la Región Capital, no «de Xalapa», y no es un parque municipal: es un Corredor Biológico Multifuncional decretado por el Gobernador del Estado, publicado en la Gaceta Oficial el 5 de enero de 2015, con su programa de manejo publicado en noviembre de 2017.
Eso tiene una consecuencia práctica y una buena noticia. La consecuencia: un cabildo municipal no puede declarar esa figura, porque la ley estatal la reserva al Ejecutivo. Lo que sí puede declarar un ayuntamiento por su cuenta es un parque ecológico urbano o una zona de valor escénico y recreativo. La buena noticia es mejor: Coatepec ya tiene 1,597 hectáreas dentro de ese Archipiélago, incluido un polígono de 745 hectáreas que es íntegramente coatepecano y queda a 1.4 kilómetros del anillo. No hace falta inventar la figura. Hace falta pedir que se amplíe hasta donde vive la gente.
Hay un dato que encontré revisando los papeles del propio Cerro y que no me he podido quitar de encima. El predio donde hoy está el Parque Temático, ese que hoy tiene encinos jóvenes y estaciones de educación ambiental, estuvo treinta años sin regenerarse. No por abandono: porque alguien se instaló ahí con sus chivas y sembró pasto estrella. Lo cuenta la propia asociación en su programa de trabajo. El pasto estrella es una gramínea forrajera africana que se siembra justamente porque aguanta el pastoreo y no deja crecer nada más.
Treinta años de pasto para ganado impidieron la recuperación natural del territorio. No fue abandono: fue un uso de suelo.
— Del programa de trabajo 2026 de Ruta de la Niebla A.C.
No cuento esto para señalar a nadie. La señora de las chivas no es la villana de esta historia; era una persona sin tierra haciendo lo que podía con lo que tenía, y el vacío de autoridad que se lo permitió no fue culpa suya. Lo cuento porque es la lección más concreta que he encontrado sobre cómo se pierde un bosque de niebla, y no aparece en ningún discurso: un bosque no desaparece nada más porque llegue una motosierra. Desaparece, sobre todo, porque el suelo se dedica a producir comida animal. Primero se quita el árbol, después se siembra el forraje, y el forraje es el que impide que el árbol vuelva.
Soy vegano, y por eso creo que esta parte de la conversación le falta a la conservación en México. Discutimos mucho sobre cuántos árboles sembrar y muy poco sobre para qué se usa la tierra donde ya no hay árboles. La ganadería es la actividad que más superficie ocupa en el planeta, y la mayor parte de esa superficie no da de comer directamente a nadie: da de comer a animales que después nos comemos. Cada hectárea que deja de ser potrero es una hectárea que puede volver a ser bosque, y en un municipio como el nuestro, donde el cafetal de sombra demuestra todos los días que se puede producir bajo dosel, esa transición no es una fantasía.
No escribo esto para decirle a nadie qué debe cenar. Lo escribo porque me parece deshonesto defender un cerro y no mencionar nunca lo que le pasó a su suelo. Si en Coatepec queremos un cinturón verde de verdad, vamos a necesitar hablar de tenencia de la tierra, de qué se siembra en el borde urbano, y sí, también de qué compramos. Son la misma conversación, aunque den ganas de separarlas.
El mapa con todas las capas es público y cualquiera puede abrirlo: trae el circuito, las áreas protegidas estatales, las 42 áreas privadas de conservación del municipio y el polígono de lo que no tiene protección alguna. También trae una capa vacía, la de manantiales, y la dejé vacía a propósito: no existe ninguna capa pública de los manantiales de Coatepec, y prefiero que se vea el hueco a rellenarlo con una suposición.
Mientras tanto, lo que sí está en nuestras manos es más modesto y empieza por caminar esos 12.2 kilómetros y ver qué queda de ellos. Yo llegué al Cerro como voluntario, sin saber nada de polígonos ni de gacetas oficiales, y lo único que hace falta para entrar es aparecerse. El Cerro está ahí, en medio de la ciudad, siendo la única mancha que de noche no brilla. Vale la pena que siga sin brillar.